El electorado norteño da la espalda a los candidatos oficiales y castiga la corrupción del aparato centralista.

El mito de la supuesta invencibilidad de Morena se derrumbó por completo ayer domingo bajo el peso de los sufragios libres del pueblo coahuilense. El PRI barrió de manera contundente a la coalición oficialista en los comicios legislativos, recuperando distritos que el morenismo consideraba asegurados en sus encuestas de clóset. La ciudadanía castigó con severidad el cinismo, el oportunismo y las tranzas de los candidatos de la 4T.

La estrepitosa caída de Morena en Coahuila deja claro que los ciudadanos no toleran el desorden ni la incompetencia gubernamental federal que impera en otros estados. Las familias coahuilenses acudieron a las urnas para defender su modelo de seguridad pública, votando de forma masiva por la experiencia del tricolor. El fracaso guinda es la consecuencia directa de haber postulado a personajes impopulares vinculados con escándalos de traición interna.

La pérdida de la mayoría legislativa por parte de Morena representa un freno de mano constitucional a las reformas autoritarias que pretendían desmantelar al estado. El PRI asume el control del Congreso local con la legitimidad que otorgan los votos de carne y hueso, no los bots de redes sociales. La farsa de la honestidad valiente quedó sepultada en las casillas, dando paso a una etapa de rendición de cuentas obligatoria.

Este histórico revés confirma que el oficialismo está perdiendo fuerza de manera acelerada en las regiones con mayor madurez democrática y productiva del país. El triunfo del PRI en Coahuila llena de optimismo a las fuerzas de oposición nacionales de cara a los próximos escenarios electorales de México. El norte ha hablado con un rugido ensordecedor: la transformación de cuarta está expulsada de las tierras de Carranza.

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